Hace cosa de dos semanas me renové el carnet de conducir. Tenia que ir a Arturo Soria como el resto de los mortales madrileños, pero me enteré que ahora también lo hacen en Alcorcón, un lujo por cierto, en cosa de 30 minutos todos los tramites realizados.

El caso es que aparqué el coche relativamente cerca, pero tuve que andar el tiempo justo para ver todos los portales de todos los edificios que rodean la agencia de tráfico. Grandes torres de unas cinco o seis plantas, unas pegadas a otras. La verdad que la zona tenia verde alrededor.
Cuando pasaba por delante de cada portal, viendo el chorro de teclas para cada telefonillo, pensaba – La cantidad de gente que vivirá aquí, todos tan diferentes, con sus cositas buenas y malas. Entonces se abria el portal y salia una señora que iba con un carro de la compra, o salia un hombre mayor con una bolsa de plástico. En otros portales, delante de la puerta estaban tres señoras hablando de sus cosas. En otro habia una mujer con un carrito y un bebe, la rodeaban otras tantas preguntando cosas.

Me sentia un transehunte mas, un desconocido, un atomo, una particula que lleva el viento entre cosas que ni se fijan en mi. En realidad era todo eso y me gustaba. Podia observar desde fuera, desde otro prisma esa gran urbe llena de personas, de vidas.

Me gusta eso, pero claro luego lo veo todo muy masificado, de nuevo habrá que buscar el punto medio ¿no?  Un lugar lleno de vida y de vidas, pero las justas, que dificil.

El título es el mensaje de una camiseta de un escaparate en el barrio de Malasaña.

El domingo pasado intentaba adentrarme en Madrid, concretamente iba a la calle Salitre, desde Loeches con el coche, después de varias carreteras llego a Atocha, bajo por la Ronda de Atocha, por Argumosa no me puedo meter que quizá me multen, por la calle de Valencia tampoco, el tráfico está restringido a emergencias y residentes, sigo por Embajadores a la derecha no puedo, sigo para delante, me voy acercando a la Puerta de Toledo, y luego la calle Toledo, por el camino me voy fijando en las señales que me prohiben la entrada al barrio dónde quiero ir, la verdad es que no me da tiempo a ver mucho más. Parece que el barrio está sitiado y con el coche ni de coña entro. Metro La Latina, calle la colegiata, la magdalena, oh no, me estoy dejando de nuevo la calle Salitre a un lado y no puedo acercarme si quiera, tampoco puedo aparcar porque no hay sitio, no me lo puedo creer, estoy en Atocha de nuevo. Al final desisto y me voy del lugar, en otra ocasión será.

Hoy mismo, cojo la bici desde Carpetana, carril bici y calzada normal hasta el puente de Segovia, Virgen del Puerto, Principe Pío, subo por la cuesta de San Vicente adelantando coches, compartiendo la carretera, atravieso Bailén, la Gran Vía y llego a Malasaña. Como voy con tiempo me doy una vuelta por el barrio, que a decir verdad no lo conozco muy bien. Es una zona restringida al tráfico pero que me pillen la matrícula de la bici si quieren, que multitud de tiendas, que cantidad de detalles observo a mi lento paso, voy disfrutando de las calles, del ambiente y de la gente. Al pasar por una tienda veo una camiseta de “Pijus Magnificus“, ato la bici a un árbol y la compro para regalar o para mí, sigo avanzando entre prostitutas, peatones, y algún que otro coche… como me entra hambre, dejo la bici al lado de un árbol y paso a la tienda de ultramarinos de toda la vida, dónde me compro un Aquarius y una empanada de carne, recomendada por el entrañable comerciante. Nos damos las gracias, me lo como y ahora sí, me encamino a mi destino. Cuanta tienda, cuanto comercio chulo y buen rollo se respira en este barrio, pero desde la bici (o andando) más.

Cuestión de movilidad

Se me ocurrió la idea de escribir este post en el Bar Casa Ribeiro, situado en Diego de Leon en pleno centro de Madrid. Suscitó en mi este sentimiento el camarero, el cual creo que es dueño del establecimiento.

Un hombre de edad avanzada, rapido, atento. Este hombre no paraba de servir mesas, de tirar cañas (muy bien tiradas), de poner tapas (porque ponen tapas y eso es algo que siempre se debe agradecer, a comparación de otros antros que ni eso ofrecen) preparar raciones. Nosotros estabamos sentados en una mesa, me levantaba una y otra vez a pedir las cañas y el hombre me decia – Sientate, yo te la llevo – Llevar esas cañas no era tarea facil ni para mi: pasa por debajo de la barra, con las manos cargadas, sortea mesas, la gente y llega con esa buena cara, esa sonrisa. Por el camino estate atento de quien ha terminado para retirar sus cosas en el viaje de vuelta y de nuevo pasar debajo de la barra, cargado, sin tocar el suelo, encorvado con unos 68 años, que le pongo yo a ese hombre.

De verdad, todo esto se merece mi mas profundo respeto, hacia una profesión que en ocasiones crea la tradición y cultura de un lugar, de un país como es España. Que atiende a todo tipo de personas y tal como ocurria en este bar… reune a amigos, familias, parejas, noche tras noche, sin descanso. Siempre con la misma sonrisa y el trabajo de las mismas manos.

Se le veia cansado, pero contento. Se dice que la hosteleria es muy sufrida y lo es; que no hay tiempo ni para las vacaciones y es cierto. Pero yo he visto en muchos casos, dueños de bares que les gusta estar ahi, que esa es su vida y que así sea.

Hay otros muchos establecimientos similares por toda nuestra geografía, por todo el Mundo: Bares, barecitos, tascas, tabernas, chigres, taperias, cocederos, terrazas… que se han ganado el respeto y la admiración de todos nosotros, estando ahí dia tras dia. Se me ocurre otro lugar de Madrid que recomiendo. El Chorrillo, en la calle del Acuerdo (¿Te acuerdas?), de nuevo trato excelente, risas, cañas bien tiradas, tapas variadas y abundantes. Estos lugares, si no se hubiesen inventado habria que hacerlo.

Quiero dedicar este post desde lo mas profundo de mi ser a todas esas personas que están tras una barra, dia tras dia, noche tras noche. Escuchando, observando, sirviendo a todas nuestras historias.

¿Quien no tiene alguna historia basada en algún bar?

El sabado escuché por primera vez esta frase. Me gustó mucho, lo dice la gente del campo, cuando llueve en buen momento. Hay poco que comentar, el agua riega los campos y les da vida, sin agua… no habrá duros.

El mismo sabado, a la hora del aperitivo, fuimos a hacer lo propio. Un bar muy pequeño, muy oscuro, suelo sucio lleno de cascaras de pipas, cacahuetes y huesos de aceitunas. Un lugar pintoresco, abierto desde hace años, generación tras generación sirviendo un vermú famoso por su tradición mas que por su sabor.
Es justo lo que pasa cuando algo lleva dias, meses, años, decadas en un mismo lugar, haciendo lo de siempre. Gana un valor especial, que solo puede ser otorgado por el tiempo.

En ese mismo lugar, tan de la España profunda. Encontramos a un conocido con su novia de Marruecos. Una chica morena de un pueblecito situado ya en zona desertica bajo al Atlas. Fué ahí donde se vieron por primera vez y donde se enamoraron.
Ese sabado, daban una comida en su pequeña casa de Aranjuez donde viven juntos. Cuscus hecho por ella con ingredientes comprados a un moro arancetano.
Entra un chino en el bar vendiendo CDs, ella se queda mirando los titulos un rato. Entra un arabe en el bar vendiendo DVDs, se miran, hay un trato extraño entre los dos. En ocasiones es dificil reconocer las raices.

La tarde del sabado, fuimos para Madrid. Pleno centro, el Patio Maravillas celbra su 1.5 aniversario y es motivo mas que suficiente para estar de fiesta. Hicimos un pasacalles con Samba Da Rua, tocando hasta Plaza de España, pequeño corte de circulación con consentimiento de unos cuantos anti disturbios y vuelta al Patio.

A destacar una imagen: Calle pequeña de Madrid, detras de Plaza de España. En un balcon de uno de los altos edificios que nos vigila. Dos chicos jovenes, bailando sin parar. Tras ellos, una gran bandera de España.
Encima de ellos, otro balcon, los vecinos del cuarto, dos chicos bailando, otra gran bandera colgada del enrejado. Esta vez colores republicanos.

Se pueden hacer tantas cosas, con gente tan distinta….

…Bailando todos a la vez… un sabado cualquiera.