El otro día a Esther le dio un tirón en la espalda al agacharse a por algo. Desde entonces está bastante jodida (y no contenta), con escasa movilidad en cuanto se le pasa el relajante muscular, y movilidad reducida el resto del día. Hablando con mi abuelo sobre lo lento que se va mejorando ante un dolor de este tipo…

Pues si, yo he pasado por eso y eso va poco a poco, porque el verano ese que me puse tan malo, que os creísteis que era porque había cogido frío, no fue por eso. Hace referencia a una noche de verano en el pueblo que durmió a pecho descubierto sobre un colchón de mueble-cama en el suelo de la terraza, el bruto al día siguiente empezó con un dolor en la espalda que le duró varios meses… Pues si hombre, eso no fue lo que pasó – prosigue mi abuelo – la verdad fue otra y es que estando en el parque con los amigos jugando a las cartas, nos pegaba mucho el sol y decidimos mover uno de los bancos dónde estábamos sentados. Entre cinco no te creas que éramos menos y entonces me dio un chasquido en la espalda que, ni en el momento dije nada, ni luego a vosotros tampoco. Pues muy bien abuelo, y ¿por qué no dijiste nada?. Pues no sé, supongo porque diríais que quien me manda andar levantando bancos con los amigos.

Son como niños.

En la comida de hoy: Eugenio y yo. Eugenio es un compañero de profesión y de departamento, que es capaz de pilotar avionetas, de ejecutar él solito una prueba de BRS o de apuntarse a las últimas 5 bicicríticas del tirón, un hombre de unos 40 y tantos, con un estilo envidiable en muchas ocasiones.

La conversación de hoy iba de cazadores, a ella habíamos llegado después de estar el sr. Eugenio limpiando la trucha de su plato, lo que le recordó al conejo que tuvo que “pelar” ayer en casa, que se lo trajo un amigo cazador, que entre toda la cuadrilla cazaron como 600…

- Y tú Eugenio, ¿has cazado alguna vez? (es una caja de sorpresas, así que ¿por qué no?)

- Cuando era pequeñito, iba con mi padre, tendría yo unos diez años, pero no me dejaba coger la escopeta, claro.

- Ya, y luego has disparado alguna vez.

- Si, alguna vez.

- Pero nunca has matado algo.

- Nunca he matado nada… disparando.

(aquí me quedo mirándole con intriga y esperando que me dijera que ha estado en la cárcel por un crimen hasta ahora inconfesable, pero nada más lejos de la realidad, continúa el buen Eugenio…)

- Teníamos un gato en casa, cuando era pequeño. Pues intenté matarle muchas veces y al final no me acuerdo bien, pero creo que no lo maté o lo dejé bastante mal no sé.

- Joer, y ¿qué te hizo para quererle tan mal?

- La verdad es que nada, pero quería matarle; le tiré unas cuantas veces desde la terraza de un primer piso (bastante alto, que equivalía a un segundo) y nada, le metí en agua y nada, le pisé el cuello, le pegué palos, pero nada… el caso es que creo que no lo maté.

- Eugenio, me sorprenden esas ganas de hacer el mal.

- Y tengo otra que contar

(madre mía, ahora si viene lo de la cárcel, pero continua diciendo…)

- Una vez en el pueblo, también de pequeño, junto con otro amigo… Vimos en la finca de al lado de mis abuelos, una gallina y sus prole, unos 10 pollitos, pequeñitos muy bonitos. Y no se nos ocurrió otra cosa (así por hacer el mal) que matarlos a todos, incluida la gallina.

- Madre de dios

- Si, si, los matamos a todos y después de hacerlo, se dieron cuenta los dueños y llamaron a la guardia civil, nosotros nos fuimos todo el día a la sierra y no nos cogieron, pero ya sabes como son los pueblos, todo el mundo lo supo y no nos dirigían la palabra, ni nos miraban…  La verdad es que no sé como se nos ocurrió aquello, en aquellos tiempos esos pollos y gallina le servirían de alimento a esa familia para un buen tiempo, pero nada, no le sirvió ninguno de ellos. Mi abuelo cuando se enteró…

- Te echaría una buena bronca, ¿no?

- Que va, me dijo que hay que ver lo que había hecho, que esa gallina y pollos eran muy importantes para sus dueños y que subiese a que mi abuela me diera de cenar. La verdad es que estuvimos mucho tiempo con los remordimientos por haberlo hecho.

- Ya me imagino, y por curiosidad, ¿cómo los matásteis?, ¿a palos?.

- Si, si, a palos. Y luego creo recordar que el dueño era el abuelo del que estaba conmigo o algo así, no sé.

Por entremedias de la conversación le comento el ejemplo de “Me llamo Earl” que descubre el karma y mantiene una lista con todas sus malas acciones para intentar enmendarlas, pero me confirma que no pidieron ni disculpas por aquello…

Me parece que la historia le ha salido de muy adentro al sr. Eugenio y me ha cautivado como muchas cosas de las que cuenta.