Érase una vez un almendro que estuvo en el medio del jardín desde siempre. A sus pies lavandas florecían, crecían, eran cortadas, y volvían otra vez a florecer, agapantos repartidos en grupos protegían su parte de atrás o de delante. Nunca entendió porqué estaba encuadrado en ese conjunto, pero unos hierros soldados separaban su tierra de otra dónde veía crecer hierbas independentistas ahora y tomates rojos después. A sus lados, o enfrente y detrás, el manzano y a los pies de este, el romero rastrero, con perdón, al contrario, el peral, el único afortunado que siempre dio frutos, ¡que envidia le tenía a la vez que admiración!: a él también le gustaría tener una caña natural que aguantara sus frutos para evitar la luxación de sus extremidades,… salvias, geranios, cerezos, lechugas y tomates pasajeros, cactus, bogs… y unos extraños seres de color rosa.
El sentimiento más común que despertaba entre todos los asistentes a su vida era la admiración, bueno, las salvias le miraban y a veces se reían de él y otras veces lo admiraban (ya se sabe el desequilibrio natural de esta planta). El almendro era el único del jardín que parecía no salir para delante pero también el que nunca se daba por vencido, el que se preocupaba más por los demás que por él mismo, el que afrontaba las dificultades con pundonor y esperanza. Trataba de compensar su enfermedad y desgracias con unas incontables ganas de vivir, se aferraba a la vida más que ninguno y las ganas e ilusión eran sus máximos valores. Incluso la infinita fila de fríos madroños, todos ellos le animaban, hacían la ola cuando le salía un nuevo brote. Todo el jardín le quería y en el fondo de sus raíces sabían que con esas ansias de vivir saldría adelante y sería un excelente centro de jardín algún día. Aquellos seres que se emperraban, con perdón, en aprovecharse de su frágil estado, nunca supieron que el almendro tenía un corazón de acero y unas ganas de vivir increíbles. Aquel corte de su fino tronco no sirvió para deprimirle, al contrario, lo muestra y presume de él ante sus compañeros de salón, en el mundo vegetal una cicatriz de ese tipo que no te ha vencido, es símbolo de fuerza. Esos seres rosas eran tan raros, pero a la vez tan cercanos, le miraban con una mezcla de compasión, rabia, esfuerzo y de fuerza, quizá de ellos aprendió realmente lo que valoraba de la vida, no sé, el caso es que se le pasaban todos los picores entre tanta muestra de amor, aquel líquido mezclado fresco y relajante puede que también influyera.
Un buen día cualquiera, fruto de sus ganas, le puso tanto empeño, que empezó a crecer y desarrollarse, las hojas atacadas por los insectos dejaron de ser los extremos de sus ramas y su perdición, para ser una anécdota, una cosa más de la que presumir, y salieron brotes nuevos y vigorosos, de un verde espectacular. Todo el jardín estaba radiante de alegría y vitoreaban su empuje. Y ganaba altura, y contento día tras día, veía como superaba al peral, empezó a sentir plenamente, a endurecerse y a hacerse un almendro fuerte. Pero lo más curioso de esta historia es que fruto de su vigor, generó una fruta no imaginable para su especie; frutos naranjas y rojos, grandes y carnosos, dulces y salvajes, suaves y pelusitos. Aún hay científicos de medio mundo intentanto explicar este fenómeno, pero no saben que el agradecimiento no tiene significado, ni explicación.
El melocotonero pasó los siguientes días de su vida preocupándose por los demás como siempre había hecho, vigilando que esos tomates engordaran, que el señor manzano no se disgustara el año que no daba manzanas, que los madroños no echaran de menos esas hojas secas en cualquier época…